Más allá de tener la certeza de lo que se espera, o la convicción de lo que no se ve (Hb 11.1), la fe es el conjunto de todo en lo que se cree, incluyendo conceptos, hechos, doctrinas, conocimientos y por supuesto, personas. La fe, junto con la esperanza y el sentimiento, constituyen el núcleo central de la idea de Dios ya que vivimos por fe y no por vista (2Co 5:7) y, puesto que, bien nos posicionemos ante este postulado desde el conocimiento racional, o bien desde ese otro conocimiento que nace de una fuente interior que no tenemos que explicar, todos, absolutamente todos, creemos en algo y en alguien. Es en ese sentido en el que sabemos lo que hay dentro de algo o de alguien, y más, lo que hay dentro de cada uno constituye nuestra mayor esencia como personas, y darlo a conocer significa abrir nuestro interior, de forma que muy pocos saben lo que realmente hay dentro de nosotros, y los pocos que lo saben, no necesitan preguntar más.
Este es el relato de un instante en la historia de la Hermandad de los Dolores, concretamente del instante en el que una de las piezas cumbre de la imaginería religiosa andaluza de la segunda mitad del siglo XX, pasó a ser la imagen de María Santísima de los Dolores, titular de la Hermandad de los Dolores de Alcolea de Córdoba.
Es difícil a veces explicar el significado que tiene una Hermandad de Semana Santa en Andalucía para alguien de aquí y que además pertenezca a la Iglesia Católica, cuanto más para alguien de fuera de nuestra tierra y ajeno a la fe cristiana. Es incluso difícil explicárnoslo a nosotros mismos, aun habiendo pertenecido a un grupo de personas que fundaron una hermandad. Para entenderlo hay que conocer esta tierra, su gente, su historia y su idiosincrasia y pensar que, por encima de cualquier otra consideración de otra índole, así es como se entiende aquí la relación de lo intranscendente con lo transcendente, de lo material con lo espiritual, de lo temporal con lo eterno. Me imagino la cantidad de dificultades que tienen los que gobiernan una hermandad en la actualidad, y más, los que gobiernan la hermandad que yo mismo contribuí a fundar, y es a ellos especialmente a los que dedico este artículo, para que piensen que no hay dificultad que no se venza que, y si bien no podemos hacer lo imposible, sí podemos hacer lo que parece imposible. Para hacer esta tarea hacen falta muchas cualidades, pero la fundamental es creer en lo que se hace y creer en las personas con las que se hace. Para mí, el trabajo que hacéis se divide en tres partes: lo que todos ven, lo que ven sólo los que saben y lo que sólo veis vosotros.
En primer lugar está lo que todo el mundo puede ver y todo el mundo puede admirar, el cuidado de la imagen, los cultos, las salidas procesionales, el patrimonio de la Hermandad y el cuidado de éste, en definitiva la imagen externa de la Hermandad.
El segundo lugar lo ocupan esos detalles que sólo perciben los iniciados, los que han adquirido durante años sabiduría cofrade y pueden admirar el trabajo de una cofradía, el valor de una pieza de orfebrería o un bordado que se estrena o que se luce con especial mimo y ese tipo de detalles. Este segundo nivel hay que reconocer que a un cofrade le importa un poco más, no es lo mismo el aplauso de un turista despistado que admira un espectáculo impresionante, aunque su admiración sea sincera y total, que el comentario de un experto alabando, aunque sea, un mínimo detalle en la parte menos visible del paso de palio.
El tercer lugar está compuesto por todas aquellas tareas, aquellos actos, aquellos detalles que nadie sabe, que nadie ve, todo aquello que hacemos por y para nosotros mismos. Todo aquello que, aun siendo necesario para que la hermandad funcione, forma parte de lo que hacemos y no decimos, o no enseñamos. Es ese grupo de cosas que se están y se quedarán siempre dentro de nosotros, que ni siquiera el que roza durante horas nuestro hombro bajo la trabajadera del paso llegará a saber. Esas, como a nadie se le escapa, son las verdaderamente importantes. A lo mejor, cuando pasen otros treinta y cinco años, alguno de esos pequeños detalles, pudiera constituir una historia que contar, si llega el caso, contadla como vosotros la hayáis vivido, los datos, las fechas, los detalles no son tan importantes como lo que realmente hay dentro de cada uno.
No aportaré nada nuevo si digo que durante la época de la fundación de la Hermandad las dificultades fueron grandes. Pensad que la media de edad que teníamos no superaba mucho los veinte años y la experiencia en estas cuestiones no superaba nada la que podría tener un grupo parroquial de un país en el que no hubieran oído hablar ni de lejos de la Semana Santa en Andalucía, ya que, en una escala del cero al diez, era cero. Redactar estatutos, organizarnos, decidir el nombre y el objeto de la hermandad, diseñar el escudo, etc. Se podrían decir dificultades de índole técnica y que os aseguro que se solucionaba en interminables reuniones del grupo inicial en las que acabábamos, según recuerdo yo, tomando las decisiones por unanimidad ya que no podíamos seguir adelante sino estábamos todos de acuerdo. Pero había otras dificultades que nos parecía mayores y desde luego sólo podíamos esperar que algún día se solucionasen con esfuerzo y trabajo, y eran las de índole económica. La hermandad necesitaba recursos para su funcionamiento, y la primera inversión importante que afrontó fue la de comprar una imagen. Para conseguir fondos, cobrábamos los recibos, casa por casa, hacíamos loterías, poníamos ya una caseta en la feria (la primera estuvo aproximadamente dónde está la parada de autobús que hay delante del antiguo Cine Hidalgo), y nada original, pero nada que nos hiciera pensar en un horizonte a corto plazo que supusiera conseguir la cantidad económica que permitiera la compra de una imagen.
El presupuesto inicial para la compra de la imagen rondaba las cien mil pesetas, quizás algo más. Habíamos barajado distintas posibilidades pero sobre todo y dado nuestro escaso presupuesto lo que pensábamos era comprar una imagen antigua. En esa coyuntura nos dispusimos en septiembre del año1981[i] a viajar a Sevilla ya que teníamos noticia de una imagen de una dolorosa que se vendía. A ese viaje fuimos todos los miembros del grupo fundador de la cofradía que pudimos[ii], dada la importancia del encargo. Entiendo que la memoria es selectiva y de primera visita sólo recuerdo que no nos gustó, pero a aquella pequeña y momentánea decepción le siguió el entusiasmo que nos infundió nuestro mentor, Fray Ricardo de Córdoba quien, ya que habíamos hecho ese viaje nos sugirió acercarnos al taller del escultor Francisco Buiza, cuyo estilo, conocido por otras imágenes vistas, bien físicamente o bien en fotografías, como la imagen de Nuestra Señora de la Merced de Córdoba, tallada unos años antes, nos parecía adecuado a la idea que teníamos de una imagen de la Virgen, podríamos decir, incluso un tanto frívolamente, que se adecuaba a “nuestros gustos”. Hay que decir que en el momento de tomar la decisión de visitar el taller de Buiza, no disponíamos ni de lejos de la cantidad de dinero que suponían sus honorarios, pero teníamos, eso sí, la esperanza cierta, y si se prefiere por tanto, la fe en que la podríamos reunir

Ya en el taller de Buiza, supimos que sus honorarios por una dolorosa de candelero eran de ciento cincuenta mil pesetas. Antes de llegar nos alegramos de ser un grupo bastante representativo ya que, si el encargo se realizaba, podríamos transmitir al escultor la idea colectiva de “cómo debería ser la imagen”. Entiendo yo que todos teníamos una imagen ideal de cómo queríamos que fuera la Virgen de los Dolores, pero eso sí, cada uno la nuestra. ¿Cómo trasmitir eso a un artista? ¿Cómo un artista capta esa idea y la transforma en una imagen? Esas eran las preguntas que nos hacíamos y que incluso, ahora, tras treinta y cinco años de que exista la imagen y por tanto no pueda plantearse la posibilidad de que fuese otra, siguen sin tener respuesta para mí. Otra que tampoco tenía respuesta era la siguiente ¿cómo íbamos a poder reunir ciento cincuenta mil pesetas para pagar el trabajo de Buiza si aceptaba el encargo? Aun así, fuimos seguimos adelante dejando a nuestra fe, sólo comparable a nuestra juventud, la respuesta a esas preguntas.
A nadie se le escapa que haber conocido personalmente a uno de los mejores imagineros del siglo XX, como fue Francisco Buiza Fenández (Carmona 1922-Sevilla 1983) es un privilegio que me otorgó la Hermandad de los Dolores, y cuando me refiero a ello no me refiero a aquella hermandad en ciernes, si no a la hermandad de entonces y de ahora, porque es la misma. Francisco Buiza era un hombre adusto, de trato difícil aunque he de decir que las dos veces que hablé con él[iii], siempre fue correcto. Recuerdo especialmente como decía “no soy un santero, soy un escultor”. La primer visita a su taller fue una experiencia única, y allí, en su taller, entre piezas de escultura, herramientas y bancos de trabajo, tuvo lugar la reunión en la que debíamos transmitir nuestra idea de dolorosa a artista cuyas manos deberían hacerla. Ni más ni menos. Cuando intento ahora ponerme en esa situación, me gustaría volver a vivir la emoción que supuso ese momento. Imaginaros la hermandad sin la imagen de la Virgen, tratad de imaginar cómo querríais que fuera… Sé que es imposible, pero esa es la inigualable experiencia que vivimos, y quizás ese fuera uno de los mejores premios que pudimos tener los que tuvimos la iniciativa de fundar la hermandad.
Situémonos de nuevo en aquella mañana accidentada, puesto que hasta tuvimos un pequeño percance automovilista con alguno de los coches en los que fuimos a Sevilla, dentro de la oficina de Buiza, mirando fotografías de imágenes y pensando cuál de aquellas podría acercarse a nuestra idea, si es que pudiera existir una idea colectiva en este sentido. Pues ese fue el momento al que me refería al principio, ese fue el momento en el que la imagen de la Virgen de los Dolores pasó a ser lo que ahora es.
Me recuerdo a mí mismo, y quizás a todos un poco impresionados por los trabajos que pudimos ver en el taller, entre ellos un cristo crucificado que, aunque no lo puedo asegurar, por las fechas bien pudiera ser el Cristo de la Exaltación de Málaga, en el que Buiza estaba trabajando entonces. En un momento me fijé en el busto de una imagen que estaba en el suelo en la fase inmediata a lo que en el argot imaginero se denomina “sacado de puntos”. Para los que no conozcáis la técnica de la escultura, el escultor comienza haciendo un modelo en barro, que se vacía en yeso, y es este modelo de yeso el que se traspasa a la madera mediante la “máquina de puntos” que es una artilugio que dispone de un punzón que traspasa traspasa las distancias del modelo de yeso al bloque de madera, “punto a punto” y sobre el cual con la gubia el escultor obtiene el volumen casi definitivo de la imagen que luego se tallará, modelará y encarnará para llegar a la finalización policromada que le conferirá el aspecto definitivo y realista.

Volviendo a la reunión, hubo un momento en el que aquel busto me parecía de mucha mayor belleza, aun siendo sólo un dibujo en la madera, que la mayoría de las fotos que veíamos, no sé si incluso me pudiera llegar a parecer vestida de sol, con la luna debajo de sus pies, y sobre su cabeza una corona de doce estrellas (Ap 12-1). Yo suponía que era una dolorosa que el escultor estaba haciendo por encargo de alguna otra cofradía, pero era tal su fuerza que me atreví interrumpir la reunión para preguntar. Mi intención era decir que, hasta el momento, era lo que más me gustaba, de lo que había visto, en el taller, en otras cofradías, en fotos y en la realidad (y aún a día de hoy sigo pensando lo mismo), y que ¿por qué no algo parecido a aquella imagen? Pero la pregunta que hice, señalando a aquel rincón fue:
—¿Y aquélla, no podría ser?
De forma automática, todas las miradas convergieron en aquella imagen, y todos empezaron a ver lo que yo ya había visto, aunque el que respondió fue el escultor con tono desabrido:
—Sí, podría ser, pero esa imagen cuesta más dinero.
¿Por qué? ¿Por qué el destino nos ponía en el camino algo que los recursos lo iban a impedir? ¿Por qué costaba más? ¿No nos había dado un presupuesto para una dolorosa “a nuestro gusto”? ¿Qué tenía esa imagen para que costase más dinero? Y ¿cuánto más costaba? Intentad poneros en mis zapatos allí y entonces, y en los de todos los demás ya que supongo que todos pensábamos lo mismo. La pregunta era obvia:
—¿ Y cuánto cuesta esa imagen?
—Doscientas cincuenta mil pesetas—, respondió Buiza, tan serio como se había mantenido durante toda la reunión.
¡Casi el doble! Todo sucedió en un instante pero creo que, sin haber hablado entre nosotros, todos pensábamos igual: esa era la imagen que nos gustaría pero, era mucho dinero. No sabíamos como pagar los honorarios iniciales, cuánto más estos extraordinarios. Con todo, la siguiente pregunta era inevitable:
—¿Por qué cuesta tanto esa imagen?
No hubo ningún titubeo en la respuesta del artista, su semblante no se suavizó, de hecho me pareció que cuando nos lanzó su respuesta, como una sentencia, su aspecto adquirió una cierta majestad, que en realidad era orgullo de creador. Lo que Buiza respondió fue, literalmente:
—Porque yo sé lo que hay ahí dentro.
Aquello nos impresionó aún más. Francisco Buiza, que murió en apenas un año y medio sabía lo que había allí dentro. No os tengo que contar que la decisión de comprar aquella imagen junto con la de obligarnos a un esfuerzo extraordinario para poder financiarla, la tomamos todos de forma inmediata y sin necesidad de reunirnos en capítulo.

Creo que fue en ese mismo momento en el que supimos lo que había allí dentro, y, queridos lectores que habéis tenido la magnanimidad de llegar hasta aquí, creo que lo habéis hecho porque vosotros también lo sabéis. Estoy seguro que la próxima vez que tengáis que responder a preguntas del tipo ¿por qué veneras a la imagen de María Santísima de los Dolores de Alcolea? Más allá de saber que es muy favorecida (Lc 1-28), podréis responder seguros y orgullosos:“porque yo sé lo que hay ahí dentro”.
En Alcolea, a 17 de enero de 2.016.
[i] El viaje que se cita tuvo lugar el día 24 de septiembre de 1981.
[ii] En este viaje íbamos algunos miembros de la primera Junta de Gobierno de la Hermandad, encabezados por el Hermano Mayor, Gregorio Román. Nos acompañaba también Fray Ricardo de Córdoba y algunos de nuestros padres, lo que suponía un gran apoyo.
[iii] Vi dos veces en mi vida a Francisco Buiza, la primera vez fue la que corresponde a la visita que se cita en el artículo. La segunda fue el día en el que fuimos a recoger la imagen, una vez terminada, Antonio López Espinosa y yo, el 9 de Diciembre de 1981.

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