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Lector, o mejor dicho, estudiante* que te acercas a esta materia por primera vez, y eres tan curioso como para leer el prólogo de la obra, he de advertir que estas palabras preliminares no son del autor, sino de alguien, elegido por éste –no siendo la primera vez que lo hace– para presentarlo.

El autor, hombre obstinado sin duda, me ha encargado este preludio, quizás para que salga de mi rutina literaria y me obligue a leer algo árido, lacónico, aséptico y preciso, como el gran Henry Boyle, a quien conocerás como Stendhal, que leía a diario una página del Código Civil para no perder la precisión en su estilo, o quizás, me convenceré de una vez, de que realmente le parece adecuado –me refiero con esto a mi estilo– para introducir un manual técnico. Por consiguiente, y como no soy conocedor, más de lo que aquí contaré, de la ciencia que este manual encierra, escribiré este exordio, como ya lo hice una vez, de oído, es decir, contaré una historia, espero que provechosa, tan curiosa como interesante, una historia que parece hecha a medida para este momento.

A medida parece ya que, comenzaré diciendo a modo de introducción, al leer este libro se ha producido un hecho curiosísimo que conocerás poco a poco en las próximas líneas. Así pues, lo primero que diré acerca de la materia de la que trata, es decir la topografía o la geodesia, en primer lugar es que yo hasta ahora no había alcanzado a diferenciarlas, y en segundo lugar, que sobre dicha materia lo único que hasta ahora había sabido se debe a los escritos, del protagonista de mi anunciada historia, Mateo Stral, y por otros relacionados que encontré al paso de investigar acerca de su vida, y este es el hecho tan curioso del que hablaba. Diré que de Mateo Stral no he encontrado hasta ahora ninguna referencia escrita, aparte de las que yo poseo, y que ahora contaré, ni por tanto supongo que exista nada. Sí he encontrado sin embargo, y de algunos mucho, acerca y de personajes que ciertamente estuvieron relacionados con él.

En mi familia, siempre habíamos tenido a Stral por un antepasado, pero, estrictamente no lo fue, ya que, aunque tuvimos antepasados comunes, la relación que nos une es la descendencia que tuvo un tío suyo, hermano de su madre, concretamente Edouard de Saint-Nazaire, hermano de la madre que fue de Maeo Stral, Marie de Saint-Nazaire. Todo lo que voy a contar, a modo de brevísima biografía de un hombre, que, a través de otros, fue luminaria insigne, lo conozco por una serie de cuadernos manuscritos, que forman algo parecido a un diario, aunque en realidad son la recopilación de apuntes, anotaciones y dibujos de toda una vida, y cuya traducción y casi interpretación, y la posterior ordenación cronológica, ha sido mi dedicación de los últimos años. Estos papeles son legado de mi familia materna, y han estado en posesión de la familia desde hace más de tres siglos, cuando, y esto es deducción, Etienne, hijo de Edouard de Saint-Nazaire los recogió, probablemente tras la muerte de su primo. En mi familia hemos tenido a Mateo Stral como antepasado, tal como digo, hasta que hemos podido desentrañar parte de la historia, y, después de tantos años, casi lo consideramos. El Cuaderno de Mateo Stral lo seguiré guardando, y pasará a algún descendiente de nuestra familia, como siempre ha sido hasta ahora, y, como él parece que quiso quedar en el anonimato, no lo mencionare más que ahora, ni publicaré, mientras esté bajo mi custodia, pero permitidme que cuente esta historia, ya que, tras leer el libro cuyo autor me ha pedido prologar, no puedo resistir sin contarla. Verás, querido lector o estudiante, que viene al caso, y es apropiada, tanto como lo es la cal a la fábrica de albañilería.

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Mateo Stral nació en el seno de una acomodada familia, en la villa de Le Flèche, el 12 de diciembre de 1598, cuando gobernaba la ciudad el Señor Gillaume Fouquet de la Varenne. Su padre Adrien Stral era médico, y su madre Marie de Saint-Nazaire, procedía de una familia del Loira, mujer de espíritu inquieto y vasta cultura. Mateo aprendió de su padre el orden y la disciplina, de su madre el amor por las artes, la lectura y la inquietud por el estudio. Cuando tuvo la edad ingresó en la moderna institución fundada por el mencionado gobernador de Le Flèche, el Collège Royal Henri-le-Grand, que ostentaba el nombre del Rey Henry IV, de quien el Señor de la Varenne se sentía orgulloso de ser amigo, y que fue desde su fundación, regida por los Jesuitas. Había que comprender que a principios del siglo XVI, hablar de la cultura del imperio católico español, entonces bajo el reinado de Felipe III, era signo de modernidad y, de alguna manera de inteligencia. La Societa Jesu, fundada casi un siglo atrás por San Ignacio de Loyola, San Francisco Javier y otros cinco compañeros, fue una activísima institución evangelizadora, y de una importancia capital para la implantación del Catolicismo en gran parte de Europa tras el Concilio de Trento. Sus teólogos han sido tanto luz de Trento como luz de la cultura, en los numerosos centros educativos, tanto colegios como universidades que fundaron en toda Europa.

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Allí Mateo, pues, en el Collège Royal de los Jesuitas, aprendió, latín, griego, matemáticas, física, biología, filosofía, música, arquitectura y astronomía, y leyó a autores tales como Cicerón, Horacio, Virgilio, Homero, Aristóteles y Platón, con los consiguientes comentarios de autores jesuitas, muchos de ellos lógicamente españoles, como eran Francisco Suárez, Francisco de Vitoria, Cristopher Clavius y Pedro de Fonseca entre otros. Mateo se educó de acuerdo con el sistema didáctico de los jesuitas, el Ratio Studiorum, y se ejercitó, como todos sus condiscípulos en la discusión, o disputatio, siguiendo la práctica clásica. En el Collège Royal Mateo aprovechó sobremanera las enseñanzas de sus maestros jesuitas, del que sólo menciona a un tal al Père Romero, así como su sistema de vida y su filosofía. Sobre ellos cuenta que se lo dieron todo en cuanto a conocimiento, y que admiraba la maravillosa sensación de libertad que le infundieron, lo importante que desde entonces fue para el la libertad, esencia misma del hombre, escribe Mateo que la libertad es algo que ni el Creador puede quitar al hombre, puesto que libre lo ha creado y libre lo quiere, así, si Dios quitase la libertad al hombre, le quitaría una parte esencial de sí mismo, convirtiéndolo en un ser distinto. Por otro lado, digamos en el lado negativo, cuenta que no podía estar de acuerdo con el empeño en utilizar las argumentaciones a conveniencia, tomando sólo la parte de la verdad que en cada momento se necesitaba. Mateo escribe: una parte de la verdad no es la verdad, si a la verdad le quitamos algo, la convertimos en otra cosa.

También, entre los amigos que menciona, sólo cabe destacar a Renè o Renato, en cuya unión hace prácticamente toda los estudios que compusieron su educación en el Collège Royal. Sin duda Renato fue un amigo especialísimo con el que compartió la su amistad en la adolescencia, y también el resto de su vida, aunque como veremos más tarde, de forma exclusivamente epistolar. Renato era dos años mayor que Mateo, así terminó su bachillerato dos años antes que él, yendo a la universidad, a la que Mateo nunca pudo ir.

Entre los libros que Mateo menciona hay uno que denota un interés especial y este es Eratosthenes Batavus, sive de terræ ambitus vera quantitate escrito por el holandés Snellius, cuyo nombre era Willebrord Snel van Royen, y que Mateo leyó un año antes de terminar su educación con los Jesuitas. Se nota que las materias de las que trata, para Mateo despertaban una curiosidad especial, por lo que tenían de aplicación práctica de principios matemáticos, Mateo pensaba que la ciencia debía ser ante todo útil, que debía reflejarse en un interés. Así pues, los métodos topográficos que Snellius describía en su libro, entre los que, parece ser estaba la triangulación, supusieron para Mateo algo verdaderamente novedoso y apasionante. De la lectura de Snellius Mateo derivó sus estudios en dos direcciones, una la que apuntaba a la óptica, interés compartido con su amigo Renato y la otra a la propia aplicación a la topografía, que a Renato no interesó tanto, pero sí a Mateo. Hay que decir que ambos amigos coincidían en su curiosidad científica, pero no compartían siempre los mismos puntos de vista ni tampoco los mismos intereses. Mateo representaba los dibujos de sus estudios en un sistema que diseño en forma de retícula, cuyos bordes –derecho e inferior– estaban numerados, así llamaba a cada punto por el número que correspondía a la escala de cada uno de los bordes de la cuadrícula, Mateo decía que cada punto estaba así mejor ordonnée, y que con esas dos referencias estaba co-ordonnée. Este sistema llamó la atención de Renato desde el primer día que lo vio, copiándolo y desarrollándolo. Cuando se separaron, siguieron compartiendo sus estudios y sus deducciones. Renato siempre en un plano muy teórico y Mateo en un plano mucho más práctico. Renato estaba muy interesado en lo que el llamaba el dualismo, pero Mateo le decía que era un camino poco interesante y le decía a Renato: en todo caso siempre habrá una duda, una duda que te acerca a la verdad, como por ejemplo la verdad de nuestra propia existencia, sé que existo por que pienso Renato, cogito ergo sum.

El verdadero cambio lo experimentó Mateo cuanto murió su padre y no pudo ir a la Universidad, en la que Renato estaba ya a punto de licenciarse. Mateo de los años del Collège Royal además de una sólida formación intelectual y una enorme curiosidad científica, obtuvo la amistad con alguien, a quien, tras la finalización del bachillerato, no volvió a ver, aunque, siempre mantuvo el contacto por correo, su amigo René, a quien siempre llamó Renato, siendo, recíprocamente, llamado por éste, Mateus. Renato y Mateus, en los años del Collège Royal, fueron inseparables. Renato, una vez finalizado su bachillerato, se fue a estudiar a la universidad de Poitiers, que con fundación a comienzos del siglo XIV es una de las más antiguas de Francia, como lo hicieron algunos de sus otros compañeros, y Mateo tenía pensado seguir los pasos de Renato, pero terminado el periodo de bachiller, su padre murió, no pudiendo la viuda Stral permitir el gasto que suponía la educación superior de su hijo, aunque bien que ella lo hubiese querido. Mateo obtuvo el puesto de maestro en una escuela de Le Flèche, sin haber completado su currículo con una educación superior, aunque, por lo que se puede deducir, nunca abandonó el estudio y la investigación, sobre todo en las ciencias que más le interesaban: las matemáticas, la geodesia, la astronomía y la filosofía.

Renato entonces, empezó a sorprender al mundo, pero nunca sorprendió a Mateo, ya que él sabía todo el proceso intelectual que René había seguido, y sobre todo a las ideas que, gracias a su formación universitaria y a su prestigio podía esparcir por el mundo, cosa que Mateo, no podía. Matero escribió a René cuando vislumbró la posibilidad de desarrollar una ciencia maravillosa. Mateo seguía estudiando desarrollando ideas, como un teorema de poliedros que envió a René en una de sus cartas, o un método para poder construir polígonos regulares, que decía así: para construir un polígono regular inscrito en una circunferencia has de partir del ángulo interior de sus lados, que hallarás multiplicando el círculo completo de trescientos sesenta grados por el número de lados buscado menos dos y dividiendo el resultado por el doble del número de lados buscado, y la longitud del lado será el producto del diámetro de la circunferencia por el seno del ángulo que es la mitad del complementario del que forman los lados del polígono. Siendo este uno de los ejemplos que contienen los escritos de Mateo junto con muchos otros estudios acerca de círculos, ángulos y figuras geométricas. René publico su primer libro, pidiendo permiso a Mateo para incluir sus ideas, aunque estas eran fundamentalmente filosóficas. Mateo pensaba que a través de René podría difundir sus propias ideas, y así lo hizo: René, instalado en París, obtenía de sus interminables cartas frutos indudables, y Mateo, humilde maestro de escuela de provincias, se sentía orgulloso de sus ideas y de su amigo. René agradeció siempre a Mateo que de su intercambio de ideas surgiera tanta luz.

Mateo se casó, y tuvo dos hijas, René nunca lo hizo. Cuando Mateo conoció a Clara, su mujer, escribió a René: mi querido amigo, he encontrado a una mujer cuya belleza se parece a la verdad.

Su amistad duró hasta que, tras vivir en algunos países de Europa, y ser un personaje famoso y respetado, René murió en Suecia de una enfermedad pulmonar, aunque luego alguien dijo que había sido envenenado. Siendo Mateo un anciano, visitó los restos de su amigo René, que habían sido trasladados a la iglesia de Saint-Genevieve-du-Mont de París, por orden del gobierno de la nación.

De todas formas, lo que apasionaba a Mateo era la astronomía, y también la geodesia, estando obsesionado por la forma de la tierra y sus dimensiones, desde que leyera en el libro de Snellius la medicion que éste había hecho. La mayor parte del tiempo que podía dedicar al estudio era nocturno, y tras muchas noches se acostumbró a estudiar las órbitas de los cuerpos celestes, pensando y calculando cuánto podría medir las estrellas y los demás planetas, estando obsesionado con la medición de de la Tierra. Sí, realmente Mateo quería también medir la Tierra, quería saber cuándo media exactamente el radio de aquella esfera, y, aunque el cálculo era muy sencillo, lo complicado era obtener los datos correctos.

Uno de los alumnos de Mateo era un niño de Le Flèche, hijo de unos amigos, que se llamaba, Jean-Felix**. El niño, a veces, visitaba la casa de Mateo y siempre había mostrado curiosidad por los instrumentos que Mateo guardaba en su gabinete, y por sus dibujos, cuando Mateo comprendió que el interés del joven Jean era verdadero empezó a enseñarle matemáticas y astronomía. El pequeño Jean ingresó también en el Collège royal de La Flèche, obteniendo su título de bachiller, al tiempo que fue ordenado como sacerdote católico, sin embargo mantuvo siempre el contacto con su amigo, que consideraba su primer maestro, Mateo Stral. Ambos observaron expectantes el fantástico eclipse solar que tuvo lugar el 21 de agosto de 1645. Aunque por aquel entonces, el Reverendo Jean, ya tenía puestas sus miras en la Universidad de París, en la que se graduó cinco años más tarde, justamente un año antes de la muerte de Renato, de quien había oído hablar a Mateo muchas veces. Cinco años mas tarde, el pupilo de Mateo Stral, era nombrado profesor de astronomía del Collège de France de París, y once años más tarde ingresó en la Academie Royal des Sciencies, siendo ya una autoridad en astronomía, y desde 1655 profesor precisamente del Collège Royal, en dónde ambos habían estudiado. El Reverendo Jean, tenía en mente realizar el sueño de su primer maestro: medir la Tierra.

Mateo, era ya casi un anciano, cuando el Reverendo Jean, a quien llamaban el Abate, ya que era prior de Rillé, le dijo que estaba en disposición de establecer una medición a lo largo de un meridiano, con el objeto de calcular el radio de la Tierra. Aunque el Abate debería haber sido el director del Observatorio de París, o al menos eso pensaba Mateo, y su opinión era seria, la dedicación religiosa del Abate le impedía claramente la libertad de acción, y para este puesto habían nombrado a un petulante italiano llamado Cassini. Sin embargo la Academie, algunos dicen que bajo la influencia o incluso las órdenes de Luis XIV, le proporcionaría al Abate la ayuda necesaria para la medición. Mateo no pudo acompañar al Abate en su medición, pero entre ambos diseñaron el sistema, basándose naturalmente en los escritos de Snellius, aunque el sistema lo había pensado una y mil veces antes el propio Mateo

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En el año de 1670, al Abate midió un arco de meridiano de un grado, entre la ciudad de Amiens y París, comenzando por la torre del reloj de Sourvon, cerca de Amiens. El resultado de la medición arrojó que un arco de longitud 110,46 kilómetros correspondía a un grado de latitud, de dónde se deduce que el radio de la tierra tiene 6.328,9 kilómetros, lo cual fue un verdadero logro tanto para Mateo como para el Abate, considerándose ésta, como la primera medición del radio de la Tierra, sin contar la que en la antigüedad había hecho Eratóstenes de Cirene. Pero, tal como pasó con los libros de Renato, al Abate Jean se llevó toda la Gloria. Mateo nunca envidió a ninguno de ambos, al contrario los animó y se alegró de sus éxitos, que en el fondo eran los suyos. Al abate Jean-Felix se le erigió un monumento en Juvisy-sur-Orge, pero ni él ni Mateo lo supieron nunca, ya que fue en 1740. Ambos habían fallecido mucho antes.

Cuando Mateo Stral murió, en Le Flèche, sólo murió un anciano que había sido Maître d’école, respetado y querido por sus pocos amigos, además de por su familia, pero poco más que eso. Su mujer y su hija habían muerto en 1666, contagiadas por la peste que asoló Inglaterra en aquellos años, y que también dejó un buen número de víctimas en Francia. Mateo había tenido una hija llamada Julienne, que tras casarse en el año 1643 había enviudado dos años más tarde, y vivía en casa de Mateo. Ambas mujeres murieron de la peste negra o peste bubónica, lo que hizo que Mateo no fuera nunca el mismo, aunque siguió con su actividad intelectual hasta su propia muerte, cuya fecha no está muy clara aunque debió de ser a muy avanzada edad, puesto que los últimos escritos datan de cinco años después de la medición del Abate, fecha en la cual Mateo tenía setenta y ocho años, y en los que describe precisamente la visita de su primo Etienne de Saint-Nazaire, punto este que fue uno de los más difíciles de descrifrar en los escritos de Mateo.

A veces me imagino, al bueno de Etienne, ocupándose de las exequias de su primo, y vendiendo su casa, por la que pasó multitud de gente que no prestaba la menor atención a los libros, tirados y deshojados en el suelo. La razón por la que mi antepasado Etienne recogió, guardó y legó, precisamente esos papeles es un misterio, ya que Mateo casi no menciona a su familia, que se hayan conservado hasta ahora una curiosa coincidencia, que nunca se hayan descifrado en su totalidad hasta hace unos años un misterio, y que coincidan, en una gran parte, con el tema de que trata este libro una casualidad que me cuesta trabajo creer. Pero en cualquier caso, de esos escritos, anónimamente, no sólo había salido el proyecto de medición más exacto que hasta entonces se había hecho de la Tierra, había salido, sobre todo la visión más clara, hecha de método y de duda, que hasta el momento se había tenido de la filosofía, en esos papeles estaba escrito porqué nuestro pensamiento occidental enlazaba con el de los clásicos, y tomaba sentido de ellos.

Este es el destino de muchos hombres, en cuyo corazón, ocupado con otros sentimientos más altos no cabe la vanidad, este es el destino de tantos Mateo Stral como hay en el mundo, cuyos laureles los cosechan otros, pero que se sienten satisfechos porque al fin y al cabo, sus ideas ha valido para poner un hito en la historia del conocimiento humano.

De los dos personajes amigos de Mateo que aquí se mencionan, uno de ellos es tan evidente que la sorpresa de su descubrimiento aún me dura. Confieso que al segundo personaje no lo conocía, y tuve que buscar su biografía en las enciclopedias para saber quien es, puesto que Mateo nunca mencionó los apellidos de nadie, excepto de los de su madre y el suyo propio. Descubrí pues, con gran asombro, que el segundo personaje también fue un hombre notable. Uno de ellos se menciona en el texto de este libro, el otro, espero que tú, lector o estudiante, no hayas tardado mucho en darte cuenta de quien es.

(*) Escrito por Tomás Álter de S.N. El 19 de febrero de 2009, con objeto de servir de prólogo al manual “Topografía en Obras de Arquitectura” de Carlos Baron.

(**) Álter se refiere al astrónomo y sacerdote francés Jean Picard (1620-1682) quien efectuó la primera medida de un meridiano en Francia, proporcionando una medida muy exacta del radio de la tierra.

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